Lo que las canciones no dicen.

Hay una canción de The Who que cualquier abuela podría tararear mientras lava los trastes. Se llama Squeeze Box, salió en 1975 y suena a fiesta de pueblo, con banjo y un ritmo que invita a dar palmadas. Cuenta la historia de una madre que toca el acordeón en casa a toda hora, tanto que el padre ya no puede dormir. Basta escucharla dos veces para entender que el acordeón no es un acordeón. Pete Townshend la escribió después de comprarse uno y aprender a tocarlo, y la pensó como una broma traviesa. Lo curioso es que terminó siendo uno de los sencillos más exitosos del grupo en esos años, justo en un disco que por lo demás es de los más sombríos y confesionales que hicieron y que muy pronto estará festejando sus 50 años en un increíble box set de colección.

Ocho años antes, en The Who Sell Out, ya habían hecho algo parecido con Mary Anne with the Shaky Hand. La canción elogia el talento de una muchacha con la mano temblorosa, y nunca dice más. No hace falta. El disco entero es una parodia de la radio pirata británica, con anuncios falsos entre canción y canción, y ahí la pieza encaja como un guiño perfecto. Es justo el tipo de canción que podía sonar en cualquier estación porque, leída en la superficie, era inocente.

Me interesa esa inocencia fingida. El rock se presume rebelde, provocador, sin pelos en la lengua, y sin embargo pasó buena parte de su historia hablando de sexo en clave. La pregunta es de dónde viene esa costumbre, y la respuesta está mucho antes de los Who.

El código del blues

En 1931 Bessie Smith grabó I Need a Little Sugar in My Bowl. El azúcar y el tazón hacen todo el trabajo. Unos años después Dinah Washington cantaría Long John Blues, la historia de un dentista con un taladro muy eficaz, y Robert Johnson grabó Terraplane Blues, donde una mujer es un auto que se niega a arrancar. A ese repertorio se le llamó hokum, y funcionaba como un lenguaje compartido. Las disqueras y la censura escuchaban una canción sobre cocina o mecánica, el público escuchaba otra cosa y se reía. Incluso Cole Porter, con toda su elegancia de Broadway, jugó el mismo juego en Let’s Do It, Let’s Fall in Love. Nunca se aclara qué es lo que hacen las abejas, los pájaros y los europeos educados. La gracia está en que no se aclare.

La herencia británica

Cuando los jóvenes ingleses de los sesenta descubrieron el blues estadounidense no solo copiaron los acordes. Se llevaron también el código. Los Rolling Stones grabaron Little Red Rooster de Willie Dixon, con su gallo que se escapa del corral y alborota a todos los perros del vecindario. Los Beatles, que parecían más formales, escondieron en Penny Lane una expresión de la jerga de Liverpool que ningún censor de la BBC supo descifrar, y Lennon admitió años después que Day Tripper también jugaba con una frase bastante vulgar.

The Who son, me parece, el caso más claro de esa herencia. Townshend escribía canciones sobre la identidad, la juventud y la frustración, y de pronto metía una pieza como Mary Anne o Squeeze Box que parecía venir directo de un club de Chicago en los años treinta.

El chiste evidente

Hay otro tipo de canción en la que el doble sentido ya no esconde nada. Big Ten Inch Record, que Aerosmith grabó en Toys in the Attic, es en realidad un rhythm and blues de 1952 de Bull Moose Jackson. La letra puede sostener con toda seriedad que habla de música, porque los viejos discos de 78 revoluciones medían diez pulgadas. Nadie se lo cree, y ese es el punto. Lo mismo pasa con My Ding-a-Ling de Chuck Berry, tan obvia que fue el único número uno de su carrera en Estados Unidos. Aquí la metáfora deja de ser un disfraz y se convierte en un guiño. El placer no está en descifrar sino en saber que todos ya descifraron.

Cuando el sonido dice lo que la letra calla

Luego está Whole Lotta Love, que casi siempre se cita como ejemplo de lo explícito en el rock. Y lo es, aunque no por las razones que uno pensaría. Buena parte de la letra viene de You Need Love, que Willie Dixon escribió y Muddy Waters grabó en 1962. Dixon demandó a Led Zeppelin y en 1985 terminó acreditado como autor. Si uno compara las dos versiones, las palabras no cambian tanto. Lo que cambia es todo lo demás.

En la versión de Zeppelin está el riff de Jimmy Page, que se siente en el estómago antes que en el oído. Está la voz de Robert Plant, que no canta sino que jadea. y que no deja mucho a la imaginación cuando dice “I wanna be your backdoor man” Y está esa sección central donde la canción se deshace en ruido, ecos y el sonido extraño del theremin, como si la música perdiera el control. Ya no hay metáfora que interpretar. El sexo no está escondido en un azúcar o en un acordeón, está en el sonido mismo.

Por eso creo que el rock de finales de los sesenta no abandonó el doble sentido. Lo trasladó. Lo sacó de las palabras y lo metió en el cuerpo de la canción, en el volumen, en la respiración del cantante, en la duración de un solo. La censura podía revisar una letra impresa, pero no tenía cómo prohibir un gemido.

Volver al acordeón

Pienso otra vez en Squeeze Box. En 1975 Townshend atravesaba una época difícil y The Who by Numbers está lleno de canciones sobre el alcohol, el cansancio y la sensación de haberse vuelto viejo demasiado pronto. En medio de todo eso aparece una canción alegre sobre una madre y su acordeón. Me gusta pensar que no fue un descuido. Que el viejo código del blues, ese que nació para burlar a los censores, le sirvió a Townshend para algo más sencillo, que era volver a reírse.

Squeeze box lyrics by Pete Townshend (1975)

Mama’s got a squeeze box she wears on her chest
And when Daddy comes home, he never gets no rest
‘Cause she’s playing all night and the music’s all right
Mama’s got a squeeze box, Daddy never sleeps at night

Well, the kids don’t eat and the dog can’t sleep
There’s no escape from the music in the whole damn street
‘Cause she’s playing all night and the music’s all right
Mama’s got a squeeze box, Daddy never sleeps at night

She goes in and out and in and out and in and out and in andout
She’s playing all night and the music’s all right
Mama’s got a squeeze box, Daddy never sleeps at night

She goes, squeeze me, come on and squeeze me
Come on and tease me like you do
I’m so in love with you
Mama’s got a squeeze box, Daddy never sleeps at night

[She goes in and out and in and out and in and out and in and out
‘Cause she’s playing all night and the music’s all right
Mama’s got a squeeze box, Daddy never sleeps at night

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¿Quién es JOHNNY PARKER?

Inspirado en el protagonista de El perseguidor de Julio Cortázar y en el eco eterno del saxofón de Charlie Parker, Johnny Parker surge como un alter ego que explora el vínculo entre palabra y sonido. Su trabajo combina la sensibilidad literaria con la improvisación del jazz, la memoria de los vinilos y el pulso urbano de los años sesenta.

Como cronista contemporáneo, Johnny Parker escribe desde la frontera donde la literatura se escucha y la música se narra. Cada texto es una jam session entre géneros, influencias y emociones. Su voz se mueve entre la nostalgia del club de jazz y la lucidez del ensayo, entre la historia y el instante.

En su faceta de curador musical, Johnny Parker construye atmósferas sonoras para experiencias sensoriales: desde catas y exposiciones hasta colaboraciones con marcas que buscan un relato auditivo propio. Su curaduría entiende la música como un lenguaje que amplifica la percepción, transforma espacios y conecta emociones, convirtiendo cada evento en una narración viva.