Los que no se dejan ayudar

Hace unos días vi A River Runs Through It, la película que Robert Redford dirigió en 1992 a partir de la novela breve de Norman Maclean. La tenía guardada en la memoria como una película sobre la pesca con mosca, los ríos de Montana y esa luz dorada de los años veinte. Esta vez me quedé atrapado en otra cosa. Casi al final, el reverendo Maclean, padre de Norman y de Paul, da un sermón en el que dice que rara vez podemos ayudar a quienes tenemos más cerca. A veces no sabemos qué parte de nosotros ofrecer, y muchas otras veces lo que tenemos para dar no es lo que el otro quiere recibir.

Pasé varias horas después de la película recordando la frase mal, o por lo menos simplificada. En mi cabeza se había convertido en algo así como “los que más necesitan ayuda son los que más la rechazan o los que menos la aceptan”. Cuando volví a la escena descubrí que el sermón es más honesto que mi versión. No acusa al que se está hundiendo. Reconoce la torpeza de los que están en la orilla. Y cierra con una idea que desde entonces me acompaña, la de que se puede amar a alguien por completo sin llegar a comprenderlo por completo.

Paul, el hermano menor, es el mejor pescador de la familia, un artista con la caña, encantador, jugador, bebedor, peleonero. Todos ven cómo se acerca al borde y nadie sabe qué hacer. Norman lo intenta a su manera y Paul lo esquiva con una sonrisa. Termina muerto a golpes. La historia es casi literal. El verdadero Paul Maclean era periodista y fue asesinado en 1938, y el crimen nunca se resolvió. Norman tardó casi cuarenta años en escribirlo. Publicó el libro en 1976, ya jubilado de su cátedra de literatura inglesa en la Universidad de Chicago, con más de setenta años encima.

La última imagen de la película es la de Norman viejo, solo, pescando en el mismo río. Todos los que amó y no entendió ya se fueron. Él dice que las aguas lo persiguen. Hay paz en esa escena, pero es una paz habitada por fantasmas.

Esa palabra, perseguir, me llevó directo a Cortázar. En El perseguidor, Johnny Carter es un saxofonista genial y destruido que vive en París entre la heroína, el hambre y una obsesión casi metafísica con el tiempo. Pierde el saxofón en el metro, se derrumba en cuartos de hotel, dice cosas que parecen delirio y que a veces son lo más lúcido del cuento. Cortázar dedicó el relato a la memoria de Charlie Parker, que murió en 1955 a los treinta y cuatro años con un cuerpo tan gastado que el médico que lo revisó le calculó entre cincuenta y sesenta.

El narrador es Bruno, un crítico de jazz que ha escrito la biografía de Johnny. Bruno lo visita, le presta dinero, se preocupa por él. Pero conforme avanza el cuento uno empieza a sospechar de esa ayuda. Bruno necesita que Johnny siga siendo el personaje de su libro. Cuando Johnny intenta explicarle algo verdadero sobre sí mismo, Bruno lo escucha con miedo, porque eso no cabe en la biografía. Al final Johnny muere, y la segunda edición del libro sale con la noticia de su muerte. Bruno lo cuenta con una calma que da escalofrío.

Cortázar nos pone frente a una pregunta incómoda. Cuando alguien no se deja ayudar, ¿qué es exactamente lo que está rechazando? Quizás no rechaza la ayuda sino la versión de sí mismo que viene incluida en ella. Johnny no quiere ser salvado por alguien que ya decidió quién es él.

Hace poco empecé a leer Even the Good Girls Will Cry, las memorias de Melissa Auf der Maur, bajista de Hole y después de Smashing Pumpkins. Ella entró a Hole a mediados de 1994, unos meses después de la muerte de Kurt Cobain, para ocupar el lugar de Kristen Pfaff, que había muerto de una sobredosis. Llegó a una banda construida sobre el duelo, con Courtney Love en el centro, una mujer que acababa de perder a alguien a quien no pudo salvar y que ahora era ella misma la persona a la que nadie lograba alcanzar.

Hay un momento en el libro, después de su primera gira con la banda, en que Melissa se da cuenta de que Courtney está en problemas. Y se da cuenta también de que no puede hacer nada. Entonces toma una decisión que me parece de las más humanas que he leído en unas memorias de rock. Decide enfocarse en lo suyo y dejar que las cosas pasen a su alrededor. Tenía poco más de veinte años y ya había visto de cerca lo que les pasa a quienes se quedan demasiado cerca del remolino.

Lo que me conmueve es que no escribe esa decisión como un triunfo ni como una vergüenza. Hay culpa en esas páginas y hay paz también, las dos al mismo tiempo, sin que una cancele a la otra. Creo que eso es lo más cerca que se puede llegar a entender algo así. Una paz sin culpa sería olvido. Una culpa sin paz la dejaría atrapada para siempre en aquel autobús de gira.

Y ahí está la diferencia con Bruno. Bruno se mantiene a distancia y saca provecho. Melissa se mantiene a distancia para sobrevivir, y décadas después vuelve a mirar ese momento con honestidad. Ella también escribe sobre alguien a quien quiso y no pudo alcanzar, pero no necesita que Courtney encaje en ningún molde.

Una vez que uno empieza a pensar en esto, la lista no termina. Cobain salió de un centro de rehabilitación en Los Ángeles unos días antes de morir, a los veintisiete. Amy Winehouse convirtió su negativa en su canción más famosa, y el mundo entero la coreó. Janis Joplin, Jimi Hendrix y Jim Morrison murieron entre 1970 y 1971, los tres a los veintisiete años. Keith Moon murió en 1978 por una sobredosis del medicamento que le habían recetado precisamente para dejar el alcohol, que es quizás la ironía más cruel de todas. John Bonham murió dos años después tras un día entero bebiendo. Dolores O’Riordan es un caso distinto, porque ella sí habló en público de su trastorno bipolar y de su depresión, buscó ayuda, y aun así no bastó.

El jazz llegó primero. Billie Holiday fue arrestada por posesión de drogas mientras agonizaba en una cama de hospital en 1959. La única ayuda que le ofrecieron fue un castigo. Chet Baker pasó décadas entrando y saliendo de la heroína, y sus últimas grabaciones suenan a alguien que narra su propia desaparición. De Bill Evans un amigo dijo que su vida había sido el suicidio más largo de la historia. Todos a su alrededor lo vieron pasar.

A mí me parece que muchos de ellos no estaban ciegos. Se daban cuenta, y muy bien. Lo que pasa es que aceptar ayuda puede sentirse como renunciar al yo que hace la obra, ese yo que parece alimentarse de la herida. Y alrededor casi siempre había una industria, y un público, que convertía la autodestrucción en parte del espectáculo.

Entonces aparece la pregunta de siempre. ¿Los artistas están condenados a sufrir para crear, o para volverse inmortales?

La idea es viejísima. En un texto atribuido a Aristóteles ya se preguntaba por qué los hombres excepcionales en la filosofía, la política o la poesía parecían todos melancólicos. Platón hablaba de la locura divina de los poetas. Los románticos lo volvieron doctrina y el rock lo heredó sin pagar derechos. Y algo de verdad tiene. A mediados de los noventa, el psiquiatra Arnold Ludwig estudió la vida de cerca de mil personas eminentes del siglo XX y encontró mucha más depresión, adicción e intentos de suicidio entre poetas, novelistas, músicos y actores que entre científicos, políticos o militares.

Pero esa cuenta tiene trampas. La primera es que la tragedia hace mejores leyendas. Hendrix y Joplin nunca tuvieron la oportunidad de grabar un disco olvidable a los sesenta años, y su juventud congelada es parte del mito. La segunda es la visibilidad. El dolor de un músico se vuelve canción, el de un político se esconde. Sabemos de la melancolía de Lincoln o del “perro negro” de Churchill porque los historiadores la desenterraron, no porque alguien la cantara en un estadio. Si un ministro le dijera que no a la rehabilitación, simplemente renunciaría.

La tercera trampa es la más importante. El sufrimiento agudo casi nunca alimenta la obra, la destruye. La depresión profunda es sobre todo silencio, y la adicción termina por llevarse también la música. El propio Parker les advertía a los músicos jóvenes que la heroína no lo hacía tocar mejor y que quien dijera lo contrario mentía. Sonny Rollins dejó la heroína y poco después grabó Saxophone Colossus. Coltrane se limpió en 1957, y de esa experiencia nació el camino espiritual que desemboca en A Love Supreme.

Creo que la diferencia está entre el sufrimiento como materia y el sufrimiento como condición. Toda vida trae dolor suficiente para escribir. Lo que el arte necesita es atención a ese dolor, no dosis extra. Norman Maclean es el mejor ejemplo que conozco. La muerte de su hermano alimentó su libro, pero solo porque él sobrevivió lo suficiente para entenderla, o para aceptar que nunca la entendería. La inmortalidad de esa novela no viene de la herida. Viene de la distancia.

No tengo una conclusión limpia, y sospecho que no la hay. Si algo me dejaron la película, el cuento de Cortázar, las memorias de Melissa y todas esas vidas cortadas, es una manera distinta de mirar a quienes se quedan en la orilla. Durante mucho tiempo pensé en estas historias desde el que se hunde. Ahora me interesa más el que mira. El padre que da un sermón porque ya no puede darle nada más a su hijo. La bajista de veintidós años que decide no ahogarse junto a su amiga. El viejo que sigue lanzando la línea en el mismo río donde pescaba con su hermano.

Tal vez eso es lo único que se puede hacer cuando alguien no se deja ayudar. No desaparecer. Quedarse lo bastante cerca para ser testigo sin dejarse destruir. Y después, si uno sobrevive, cargar con esa persona como se carga con un río, sabiendo que nunca se le va a entender del todo y que se le puede amar de todos modos.

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¿Quién es JOHNNY PARKER?

Inspirado en el protagonista de El perseguidor de Julio Cortázar y en el eco eterno del saxofón de Charlie Parker, Johnny Parker surge como un alter ego que explora el vínculo entre palabra y sonido. Su trabajo combina la sensibilidad literaria con la improvisación del jazz, la memoria de los vinilos y el pulso urbano de los años sesenta.

Como cronista contemporáneo, Johnny Parker escribe desde la frontera donde la literatura se escucha y la música se narra. Cada texto es una jam session entre géneros, influencias y emociones. Su voz se mueve entre la nostalgia del club de jazz y la lucidez del ensayo, entre la historia y el instante.

En su faceta de curador musical, Johnny Parker construye atmósferas sonoras para experiencias sensoriales: desde catas y exposiciones hasta colaboraciones con marcas que buscan un relato auditivo propio. Su curaduría entiende la música como un lenguaje que amplifica la percepción, transforma espacios y conecta emociones, convirtiendo cada evento en una narración viva.