Una estación que ya no existe
Había varias estaciones de radio en los noventa que escuchaba casi todas las tardes. Cada que lo pienso me doy cuenta de que Radioactivo 98.5, WFM o Rock 101 ya no exsisten, por mucho que pueda encontrar clips icónicos de las mismas en Youtube. No recuerdo todos los nombres de los locutores, pero sí recuerdo la sensación de esperar el programa de Charo Fernandez, de Ileana Sod, de Olallo Rubio, y de esperar una canción sin saber si iba a sonar. A veces había que esperar al día siguiente, o a la semana siguiente, o simplemente no sonaba nunca y uno se quedaba con las ganas.
También recuerdo la calle convertida en cancha, con dos piedras como portería y la regla tácita de detener el partido cuando pasaba un coche. Y recuerdo los viernes en la tienda de videos, recorriendo los pasillos con las cajas en la mano, leyendo la sinopsis en la parte de atrás, descubriendo que la película que quería ya estaba rentada y llevándome otra que no conocía. Muchas de las películas que más me marcaron llegaron a mí de esa forma, por accidente.
Nada de eso va a volver. Lo sé y no pretendo lo contrario. La pregunta que me interesa no es cómo recuperarlo, sino qué era exactamente lo que había ahí y por qué su ausencia se siente como algo más que la simple pérdida de la juventud. Para pensarlo me he acompañado de Mark Fisher, de una vieja película de ciencia ficción de los noventa y de mi propia relación con los objetos que todavía conservo.

El futuro que se fue apagando
En Los fantasmas de mi vida, Fisher toma una expresión de Franco “Bifo” Berardi, la lenta cancelación del futuro. Berardi no habla del tiempo cronológico, que sigue corriendo como siempre. Habla de una expectativa. Durante buena parte del siglo XX se dio por hecho que el porvenir sería distinto, quizá mejor, y que la cultura iba a ir inventando las formas para nombrarlo.
Fisher sostiene que esa expectativa se fue erosionando desde finales de los setenta, sin estruendo, casi sin que nos diéramos cuenta. Su ejemplo favorito es la música popular. Propone un experimento sencillo. Si tomamos un disco reciente y lo llevamos a una estación de radio de 1995, probablemente nadie se sorprendería. En cambio, alguien que en 1989 escuchara a Moby, a Tool, o a Limp Bizkit, sentiría que estaba oyendo algo que no tenía nombre todavía. Hoy la novedad parece constante y, sin embargo, casi nada suena realmente nuevo. Vivimos rodeados de pasado reciclado, tan normalizado que ya ni lo notamos.
Para nombrar esa condición Fisher recupera un concepto de Derrida, la hauntología. El espectro es aquello que actúa sin estar del todo presente. Fisher distingue dos direcciones. Por un lado está lo que ya no es, pero sigue operando como una repetición. Por el otro está lo que todavía no es, pero ya influye sobre el presente como una promesa o una amenaza. Lo que nos acecha, dice Fisher, no es un periodo histórico concreto, sino los futuros que la cultura del siglo XX nos enseñó a esperar y que nunca llegaron.
Hay una frase suya que me persigue desde que la leí. Con la memoria digital, escribe, “es la pérdida misma la que se ha perdido”. Todo parece estar disponible en algún lugar, listo para volver a verse o escucharse. Y si nada se pierde, tampoco hay nada que llorar del todo.
La vuelta de lo analógico
No es difícil hacer la lista de lo que hoy se asocia con lo analógico. El vinilo, el libro impreso, la revista que se hojea, la fotografía en rollo, la coladera costaricence de café que parece un calcetín, la radio FM. Pero también otras cosas que no son objetos, como una charla larga con amigos, un concierto en vivo o el baile. Todo eso comparte ciertas cualidades. Tiene fricción, ocupa un lugar, exige tiempo, se termina. Un disco tiene dos lados. Un rollo tiene treinta y seis fotos. Una conversación no se puede pausar ni volver a reproducir.
En los últimos años muchas de esas cosas han regresado. Se venden tocadiscos nuevos, las cámaras de película se cotizan en línea, hay cafeterías que imitan la estética de un café de barrio de hace cincuenta años. A primera vista parecería una resistencia frente al mundo digital. Fisher, sin embargo, nos obliga a sospechar.
Su crítica, apoyada en Fredric Jameson y en Simon Reynolds, apunta justamente a eso. Jameson hablaba de un “modo nostálgico” que no tiene que ver con añorar el pasado, sino con un apego a sus formas. Reynolds lo llamó retromanía. El regreso de lo analógico puede ser exactamente eso, el pasado convertido en mercancía, en accesorio, en decoración. El vinilo de edición especial que se vende junto a camisetas de bandas que el comprador nunca escuchó. La cámara de rollo que sirve para que la foto parezca vieja, aunque se publique en redes cinco minutos después.
Ahí no hay una recuperación del tiempo. Hay una imagen del tiempo, empaquetada y vendida. Y entonces la pregunta se vuelve incómoda para quienes, como yo, seguimos rodeados de estos objetos. ¿Qué nos distingue de ese mercado, si es que algo nos distingue?

Dos maneras de amar un objeto
La respuesta fácil sería decir que unos consumen y otros no. Pero sería mentira. Yo también compro discos, libros y películas. Yo también tengo un apego por los objetos que excede su función. Por eso prefiero no fingir que estoy fuera del fetiche. Propongo, más bien, distinguir dos formas de él, el fetiche como estética y el fetiche como práctica.
Conviene recordar qué es un fetiche. Para Marx, el fetichismo de la mercancía consiste en que una relación entre personas aparece como si fuera una propiedad de la cosa. El trabajo, el tiempo y los vínculos quedan escondidos detrás del objeto. Para Freud, y después para Octave Mannoni, el fetiche funciona como una renegación que se resume en una frase, “ya lo sé, pero aun así”. Sé que algo se perdió y, sin embargo, el objeto me permite actuar como si no. Fisher usa esa misma lógica para describir el realismo capitalista. Sabemos que el sistema no funciona, pero actuamos como si no hubiera alternativa.
El fetiche como estética es el que se queda en esa renegación. El objeto ocupa el lugar de la experiencia perdida y la sustituye. El tocadiscos que es más mueble que aparato, el disco que se enmarca y no se escucha, la biblioteca que se fotografía. Baudrillard diría que esos objetos funcionan como signos de autenticidad, y Bourdieu añadiría que también son marcas de distinción. Lo analógico se vuelve identidad. No importa tanto lo que suena como lo que dice de mí que algo suene así. Svetlana Boym llamaba a esto nostalgia restauradora, la que quiere reconstruir el pasado tal cual, como una imagen cerrada.
El fetiche como práctica es otra cosa. Ahí el objeto vale por el tiempo y por las relaciones que organiza. Poner un disco y escuchar el lado completo sin saltar canciones. Levantarse a darle la vuelta. Leer un libro impreso sin la tentación del hipervínculo. Ver una película entera, sin el catálogo infinito esperando a un costado. Son pequeñas fricciones que devuelven densidad a la experiencia. Fisher diría que son formas de retirada, ese apartarse del flujo constante que, según él, es condición para que pueda aparecer algo nuevo. Boym hablaría aquí de nostalgia reflexiva, la que sabe que el pasado no vuelve y por eso lo habita críticamente. Sigue siendo fetiche, porque hay un apego que va más allá de lo útil. La diferencia es que no reniega de la pérdida. La trabaja.
Hay una señal que me ayuda a reconocer de qué lado estoy. El fetiche estético tiende a acumular y cerrar. La colección se vuelve vitrina, archivo de lo que uno es. El fetiche como práctica tiende a hacer circular. Se presta el libro, se pone un disco para alguien que no lo conoce, se ve la película con otros y se discute después. Walter Benjamin, en su texto sobre desempacar su biblioteca, describía al coleccionista como alguien para quien cada objeto guarda un encuentro, un azar, una historia. El objeto deja de ser espejo y se vuelve puente.
No quiero idealizar la segunda opción. La práctica también puede estetizarse. El ritual del café de olla o de la coladera, fotografiado con buena luz para las redes, ya es otra vez imagen. El “vivir despacio” convertido en marca personal es la práctica capturada por el mismo mercado del que pretendía escapar. Por eso me parece que el criterio no está en el objeto ni siquiera en el gesto, sino en hacia dónde apuntan. Pueden cerrarse sobre el propio yo o abrirse hacia los otros y hacia el tiempo.
Al final de ese capítulo, Fisher escribe que la cultura vale en tanto nos permite escapar de nosotros mismos. El fetiche estético refuerza el yo. La práctica, en su mejor versión, lo disuelve un poco. Digo que me gusta pensar que todavía pertenezco a ese segundo grupo, y el “todavía” no es casual. La línea se cruza sin darse uno cuenta.

Lenny Nero no puede soltar su passado ideal con Faith
Mientras pensaba en todo esto volvió a mi cabeza Strange Days, la película que Kathryn Bigelow estrenó en 1995. La historia ocurre durante los últimos días de 1999, en un Los Ángeles caótico que espera el cambio de milenio. Es curioso verla hoy. Es una película de mediados de los noventa que imaginaba el futuro inmediato justo en el momento en que, según Fisher, ese futuro se estaba cancelando.
En la película existe un aparato llamado SQUID que graba experiencias directamente de la corteza cerebral. Quien se lo pone vive lo que otro vivió, con todos los sentidos. Esas grabaciones se venden en el mercado negro como si fueran droga. Ya no se compra el disco ni la película. Se compra directamente la vivencia de otra persona. Es la fantasía extrema de la experiencia convertida en mercancía, el fetiche estético llevado hasta su último límite.
Pero lo que más me interesa es el protagonista. Lenny Nero, interpretado por Ralph Fiennes, vende experiencias ajenas, y sin embargo su verdadera adicción son sus propios recuerdos. Una y otra vez se conecta para volver a vivir los días con Faith, la mujer que lo dejó. No la busca en el presente. La busca en la grabación, que es perfecta, que no se desgasta, que siempre está disponible.
Lenny es la melancolía freudiana en estado puro. Freud distinguía el duelo de la melancolía. En el duelo, poco a poco, el deseo se retira del objeto perdido. En la melancolía, el deseo se queda pegado a lo que ya no está. Lenny tiene además una tecnología que le permite no perder nunca nada, y por eso mismo no puede hacer el duelo. Es la frase de Fisher hecha cuerpo. Cuando la pérdida se pierde, también se pierde la posibilidad de seguir adelante.
A lo largo de la película, Mace, el personaje de Angela Bassett, intenta hacerle ver algo que él no quiere aceptar. Los recuerdos están hechos para desvanecerse. Su sentido está precisamente en que se van. Mace no le ofrece otra grabación, le ofrece el presente, con todo lo que tiene de incierto.
Pienso que en algo ya vivimos dentro de una versión suave de Strange Days. No tenemos SQUID, pero tenemos la vida vista a través de las vidas filmadas de otros, la nostalgia empaquetada en series que reconstruyen los ochenta con precisión de museo, algoritmos que nos devuelven siempre lo que ya nos gustó. Y empezamos a tener herramientas capaces de fabricar imágenes, canciones y hasta recuerdos de épocas que nunca vivimos. El riesgo no es que desaparezcan las experiencias profundas. El riesgo es que se vuelvan producto, separadas de su tiempo y de los demás.

Lo que todavía no
Vuelvo entonces a la estación de radio, a la calle, a la tienda de videos. No van a regresar y no tiene sentido fingir que una aplicación de streaming con estética retro las sustituye. Pero Fisher me ayuda a separar dos cosas que suelo confundir, lo que extraño y las condiciones que lo hacían posible.
Lo que extraño son esos lugares concretos. Lo que había en ellos era otra cosa. Había un descubrimiento guiado por personas y no por algoritmos, un locutor que decidía qué poner, un empleado que recomendaba una película rara. Había espacio público compartido, una calle donde se podía jugar sin pedir permiso. Había azar, la película equivocada que terminaba siendo la correcta. Había espera, y la espera le daba peso a lo que llegaba. Y había, sobre todo, tiempo libre que nadie intentaba convertir en dinero.
Nada de eso pertenece por necesidad a los noventa. Son condiciones que pueden buscarse, defenderse o construirse de otra manera. Ahí está, creo, la diferencia entre el ya no y el todavía no que propone Fisher. El ya no es la tienda de videos que cerró. El todavía no es la posibilidad de un descubrimiento compartido, lento y azaroso que el presente no ha sabido darnos y que no tendría por qué ser imposible.
Quiero ser honesto con una parte de todo esto. En lo que extraño también está mi propia juventud, y esa nostalgia es legítima. No necesito justificarla ni disfrazarla de teoría. Simplemente es de otro orden. La pregunta que Fisher me deja no es cómo volver a tener quince años, sino qué futuro prometían esas experiencias y por qué dejamos de esperarlo.
Quizá por eso sigo poniendo discos y leyendo libros de papel. No como quien conserva reliquias, sino como quien se niega a aceptar que la única forma de vivir la música, el cine o la lectura sea la que hoy se nos ofrece. A diferencia de Lenny Nero, no quiero repetir un recuerdo perfecto. Quiero que el ritual siga abierto, que deje entrar a otros, que todavía pueda sorprenderme. Que los fantasmas, en lugar de encerrarme en el pasado, me recuerden que el futuro también fue, alguna vez, algo que se podía imaginar.

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