La muerte de los medios físicos.

Hay muertes que no hacen ruido. O, mejor dicho, que hacen tanto ruido que nadie las escucha. La muerte de algunos medios en México —la radio de fondo que acompañaba los desayunos, la revista o el periódico que llegaban cada mes con olor a tinta fresca— no ocurrió de golpe. Fue un apagarse lento, una agonía silenciosa escondida entre notificaciones y pantallas que nunca duermen.

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que la radio era un miembro más de la familia. Estaba ahí, incrustada en la cocina, mientras el aceite chisporroteaba y el locutor hablaba de política como si fuera un vecino opinando desde la puerta. Sus voces marcaban el ritmo del día: el noticiero de las 7, la radionovela de la tarde, el programa de rock que se escuchaba casi a escondidas. En esa época, escuchar la radio era un acto de presencia, una cita que había que cumplir. Había que estar ahí, a la hora exacta, para entrar a la conversación del país.

Y ni qué decir de la radio en el auto. Era nuestra compañera fiel en cada trayecto, en los embotellamientos, aunque fuese solamente por unos minutos. Cuántas veces optábamos por escuchar una de las grandes estaciones en FM – como WFM o Radioactivo – en lugar de poner un cassette o un CD en el estéreo del auto.

De pronto —o eso creemos— todo cambió. No porque dejáramos de escuchar: seguimos haciéndolo, quizá más que antes, pero ya no en ese aparato que reunía a todos en la misma frecuencia. La radio siguió hablando, pero quedó relegada a los taxis, a los puestos del mercado, a las oficinas donde los días se parecen unos a otros. Su eco se volvió débil, como si hablara desde otra habitación. Lo que murió no fue la voz humana. Lo que murió fue el ritual.

Algo similar ocurrió con las revistas. Durante años, muchas personas aprendieron a relacionarse con el mundo desde esas hojas brillantes que prometían mostrar lo nuevo, lo importante, lo bello. Comprar una revista era un pequeño acontecimiento; había que conseguirla y muchas veces no era tarea fácil, después de elegirla la hojeábamos con cuidado, tratando de no doblar las esquina de una página a menos que fuera nuestro indicador de avance de lectura, y, por supuesto, había repisas o estanterías designadas para las revistas en casa, las que se “presumían” y las que se guardaban más celosamente. Quien tenía una revista tenía un mundo.

Yo particularmente compraba varios tipos de revistas, las de música por supuesto, los anuarios de baseball que incluían compendios estadísticos impresionantes, y obviamente en mi adolescencia no dejaba pasar la oportunidad de comprar la edición de trajes de baño de Sports Illustrated, que lanzó al estrellato a múltiples super modelos mucho antes de que lo hiciera Victoria Secret.

Luego vino la velocidad. La nota rápida, la opinión instantánea, el artículo que solo se lee si alguien lo comparte. Las revistas dejaron de esperarnos en los puestos de periódicos; empezaron a vivir en ventanas digitales que abrimos sin compromiso. Ya no coleccionamos números, si acaso, algunos que apostamos a la nostalgia nos conformamos con acumular enlaces en nuestros libreros digitales.

Ambas muertes comparten las mismas heridas, la pérdida del tiempo de espera, la ausencia del ritual. Ese tiempo lento era un músculo invisible que sostenía la experiencia cultural. Escuchar en vivo, esperar la edición del mes, buscar un número antiguo, todo eso formaba parte del encanto, de la pertenencia. Hoy, lo que no se entrega en segundos parece no existir.

Y sin embargo —como en todo duelo verdadero— algo en nosotros empieza a resistirse. En medio del vértigo digital, surge una necesidad nueva (o antigua) de volver a tocar las cosas, de volver a sentirlas. Cada vez más personas regresan al vinilo, al libro impreso, al fanzine artesanal, al cuaderno hecho a mano. No se trata de nostalgia solamente, sino de una sed de tangibilidad. De una intuición de que lo efímero nos adelgaza el alma.

Quizá por eso volvemos a interesarnos por el proceso. Cuidamos la elección de un papel, el tono exacto de una tinta, la textura de una portada. La creación recupera dignidad en su lentitud. Ya no basta con que algo exista, queremos saber cómo fue hecho, con qué manos, con qué paciencia. Es como si estuviéramos buscando, entre tanto algoritmo, las huellas de un ser humano. Una prueba de vida.

Puede que los medios tradicionales estén muriendo, pero en sus restos hay semillas. Muere la sintonía colectiva, pero nace la conversación íntima. Muere la revista como objeto masivo, pero renace en tirajes pequeños que se leen como si fueran cartas. Lo que desaparece es la multitud ordenada; lo que surge es la comunidad dispersa, unida por afinidades más sinceras. Tal vez esta muerte no sea un final, sino un ajuste natural. Un recordatorio de que la cultura necesita pausas, silencios, espacios donde algo pueda tomar forma sin prisa. De que la experiencia humana no puede reducirse a una línea de tiempo que se actualiza sin cesar.

El duelo por estos medios es, en el fondo, un duelo por nosotros mismos: por la manera en que antes habitábamos el mundo. Por la paciencia que tuvimos alguna vez. Por la sensación de que algo merecía ser esperado. La radio y la revista fueron durante décadas pequeñas brújulas, voces y objetos que nos acompañaron en el crecimiento, en la rutina, en las dudas. Hoy se alejan, hechas sombra, pero no del todo. Permanecen en esa otra dimensión donde habitan las cosas que ya no son necesarias pero siguen siendo significativas.

Morir, a veces, significa transformarse. Y quizá la verdadera transformación no es la suya, sino la nuestra. La forma en que seguimos buscando sentido, incluso entre los fantasmas, es una promesa de nuestro renacer como sociedad, como humanidad.

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¿Quién es JOHNNY PARKER?

Inspirado en el protagonista de El perseguidor de Julio Cortázar y en el eco eterno del saxofón de Charlie Parker, Johnny Parker surge como un alter ego que explora el vínculo entre palabra y sonido. Su trabajo combina la sensibilidad literaria con la improvisación del jazz, la memoria de los vinilos y el pulso urbano de los años sesenta.

Como cronista contemporáneo, Johnny Parker escribe desde la frontera donde la literatura se escucha y la música se narra. Cada texto es una jam session entre géneros, influencias y emociones. Su voz se mueve entre la nostalgia del club de jazz y la lucidez del ensayo, entre la historia y el instante.

En su faceta de curador musical, Johnny Parker construye atmósferas sonoras para experiencias sensoriales: desde catas y exposiciones hasta colaboraciones con marcas que buscan un relato auditivo propio. Su curaduría entiende la música como un lenguaje que amplifica la percepción, transforma espacios y conecta emociones, convirtiendo cada evento en una narración viva.