Hablar de George Gershwin no es hablar únicamente de un compositor talentoso ni de un caso exitoso de cruce entre música popular y música académica. Hablar de Gershwin es hablar de una ruptura del canon musical occidental y, al mismo tiempo, de una apertura radical hacia la modernidad. Su obra redefine todo lo que puede ser considerado música “académica” en el siglo XX.

Gershwin nace y se forma en Nueva York, una ciudad atravesada por el ruido, la velocidad, la migración y la mezcla cultural. Tin Pan Alley, Broadway y el jazz emergente no son simples influencias externas, son más bien un laboratorio creativo. A diferencia del compositor europeo formado en el conservatorio, Gershwin aprende escuchando, tocando, absorbiendo el pulso urbano. La ciudad no es el telón de fondo de su música, sino su principio estructural.

Esta condición urbana lo vuelve profundamente moderno. Como ocurre con el modernismo literario, la fragmentación, la simultaneidad y el cruce de registros se convierten en procedimientos estéticos legítimos.

A diferencia de las vanguardias europeas que buscaron romper frontalmente con la tradición —el serialismo, el futurismo, el experimentalismo radical—, Gershwin no destruye el canon sino que  lo transforma desde dentro. Obras como Rhapsody in Blue o el Concierto para piano en Fa adoptan formas clásicas (el concierto, el desarrollo temático, la escritura sinfónica), pero las reorganizan desde un lenguaje rítmico y armónico heredado del jazz y el blues.

Aquí el jazz es la ruptura eficaz que deja de ser una cita folclórica o un color exótico para convertirse en gramática musical. La sincopa organiza el tiempo; las blue notes generan tensión expresiva; el diálogo instrumental evoca el call and response afroamericano. El canon ya no puede cerrarse sobre sí mismo.

Uno de los gestos más radicales de Gershwin es su negativa a jerarquizar entre lo popular y lo culto. Broadway, el jazz sinfónico, la ópera (Porgy and Bess) y el concierto comparten un mismo horizonte estético. Esta postura cuestiona la idea del canon occidental de que la complejidad artística debe ser inaccesible o minoritaria. Gershwin propone una modernidad comunicativa, urbana, corporal. Su música es sofisticada, pero no hermética; compleja, pero no excluyente. La modernidad no se define por el rechazo al público, sino por la capacidad de pensar el presente desde la óptica de todos y no desde la academia solamente.

La influencia de Gershwin no se limita a Estados Unidos. Varios compositores europeos como Ravel, Poulenc o Milhaud escucharon en su música algo nuevo, una forma de modernidad no traumática, no obsesionada con la ruptura total. El célebre comentario de Ravel —“¿por qué ser un mal Ravel cuando ya eres un buen Gershwin?”— reconoce que la originalidad no está en imitar el canon europeo, sino en reformularlo desde otro lugar cultural. Este diálogo transforma también a Europa y con él, el jazz y la música popular ingresan definitivamente al lenguaje de la música académica del siglo XX.

Desde una lectura teórica, Gershwin resulta incómodo para visiones rígidas de la modernidad. Para una mirada adorniana, su accesibilidad puede parecer sospechosa. Sin embargo, desde perspectivas como la de Umberto Eco o Marshall Berman, su obra encarna una modernidad vivida, contradictoria, abierta; una modernidad que no se define por la negación, sino por la convivencia de códigos.

La muerte temprana de Gershwin, a los 38 años, deja una pregunta inevitable: ¿hacia dónde habría llevado su lenguaje? Aun así, su legado es claro. Gershwin abrió un camino que permitirá a figuras como Leonard Bernstein, al cine sinfónico y a múltiples formas de música híbrida pensar la relación entre arte, ciudad y cultura de masas sin complejos.

Gershwin no tradujo el jazz al lenguaje clásico ni “elevó” lo popular para hacerlo respetable. Hizo algo más decisivo, abrir el canon y mostrar que la música moderna podía pensar su tiempo sin renunciar ni a la tradición ni al placer de escuchar. En ese gesto, su obra sigue siendo actual. Porque la modernidad, como Gershwin la entendió, no es un estilo, es una forma de estar en el mundo.

En los videos he compartido dos de sus obras más importantes, el Concierto en Fa y la Rapsodia en azul. Los invito a descubrir todos los géneros musicales dentro de los motifs de las obras, desde el swing y el jazz, pasando por el melodioso blues del 2o movimiento del concierto, hasta los riffs de heavy metal dignos de bandas como Black Sabbath o Metallica que hace la mano izquierda en el piano.

Existen infinidad de versiones de estas obras, y, en el caso concreto de la Rapsodia, no hay una partitura estrictamente definida; la obra está sujeta a la interpretación del solista y del director, e incluso se pueden encontrar versiones con banda de jazz (como la del trio de Marcus Roberts) además del piano solo.

Gracias a George Gershwin tenemos hoy ese grana abanico de géneros musicales de los que tanto disfrutamos.

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¿Quién es JOHNNY PARKER?

Inspirado en el protagonista de El perseguidor de Julio Cortázar y en el eco eterno del saxofón de Charlie Parker, Johnny Parker surge como un alter ego que explora el vínculo entre palabra y sonido. Su trabajo combina la sensibilidad literaria con la improvisación del jazz, la memoria de los vinilos y el pulso urbano de los años sesenta.

Como cronista contemporáneo, Johnny Parker escribe desde la frontera donde la literatura se escucha y la música se narra. Cada texto es una jam session entre géneros, influencias y emociones. Su voz se mueve entre la nostalgia del club de jazz y la lucidez del ensayo, entre la historia y el instante.

En su faceta de curador musical, Johnny Parker construye atmósferas sonoras para experiencias sensoriales: desde catas y exposiciones hasta colaboraciones con marcas que buscan un relato auditivo propio. Su curaduría entiende la música como un lenguaje que amplifica la percepción, transforma espacios y conecta emociones, convirtiendo cada evento en una narración viva.