¿Por qué leer a Cortázar?

Con esta breve reflexión cierro el año de publicaciones en este espacio, pero antes de unas merecidas vacaciones les comparto una idea: leamos a Cortázar.

Les recomiendo tres cuentos breves para estas vacaciones y un pequeño análisis de los mismos, con la esperanza de que estas líneas nos ayuden a replantear nuestra coexistencia en estos sistemas regidos por la automatización y la inteligencia artificial.

En los cuentos: El perseguidorLa autopista del sur y No se culpe a nadie, Julio Cortázar articula una poética del encierro que, más que una condición física o circunstancial, se manifiesta como una estructura laberíntica de la existencia moderna. En los tres relatos, los personajes se encuentran atrapados en sistemas que los exceden —el tiempo, la técnica, el cuerpo, la racionalidad instrumental— y buscan, de maneras distintas, una salida que no es frontal ni normativa, sino intersticial, fugaz y, en última instancia, ambigua.En El perseguidor, el encierro adopta la forma del tiempo cronológico y del lenguaje racional que intenta fijar la experiencia. Johnny Carter vive atrapado en una temporalidad lineal que no corresponde con su vivencia interior del jazz, donde el tiempo se dilata, se pliega y se rompe. El laberinto aquí no es espacial, sino ontológico: el músico intuye otras dimensiones de la experiencia, pero carece de las herramientas discursivas para habitarlas plenamente. La salida intersticial se produce a través de la música, especialmente en la improvisación, que funciona como un momento de suspensión del orden racional moderno. Johnny escapa momentáneamente del yugo del sistema —la crítica, la biografía, la industria cultural— para acceder a un tiempo “otro”, más cercano a lo arcaico, lo ritual, lo corporal. Sin embargo, esta salida no se consolida: es efímera y autodestructiva, como si el acceso a lo auténtico fuera incompatible con la estabilidad que exige la modernidad.

En La autopista del sur, el encierro es colectivo y aparentemente accidental, pero rápidamente revela su dimensión estructural. El embotellamiento funciona como un laberinto horizontal donde el progreso técnico —el automóvil, la carretera, la promesa de velocidad— se vuelve contra sí mismo. Los personajes quedan atrapados en un sistema que se suponía autónomo y eficiente, y cuya lógica ya no controlan. No obstante, a diferencia de otros relatos, aquí la salida intersticial no es individual ni metafísica, sino comunitaria: la creación de microformas sociales basadas en la cooperación, el trueque y el contacto humano. En ese espacio suspendido, emerge una forma de vida que remite a lo premoderno, a lo tangible y relacional, en abierta oposición a la lógica tecnológica que los ha inmovilizado. El regreso al sistema —cuando el tráfico finalmente se libera— no es vivido como liberación, sino como pérdida, lo que subraya el carácter ilusorio del progreso moderno.

Por su parte, No se culpe a nadie presenta un encierro íntimo y cotidiano, situado en el cuerpo y en los objetos. El suéter que el protagonista intenta ponerse se transforma en un laberinto asfixiante donde la técnica doméstica, diseñada para facilitar la vida, se vuelve amenaza. Aquí el sistema no es externo ni colectivo, sino incorporado: el cuerpo disciplinado, la rutina, la lógica de lo funcional. La salida intersticial no se consuma como revelación ni como comunidad, sino como ruptura violenta: la caída final puede leerse tanto como accidente absurdo como gesto extremo de escape. En este sentido, el cuento anticipa una crítica radical a la autonomía de los objetos y a la progresiva deshumanización del sujeto moderno, atrapado en mecanismos que ya no comprende ni domina.

Leídos desde una perspectiva contemporánea, estos relatos adquieren una resonancia particular en una modernidad regida por sistemas automatizados, algoritmos, inteligencia artificial y lógicas de eficiencia que prometen libertad a cambio de delegar la experiencia. Johnny Carter, los automovilistas de la autopista y el hombre del suéter comparten el impulso de escapar de un orden que se presenta como inevitable. Sus fugas —la música improvisada, la comunidad espontánea, el gesto límite— pueden entenderse como analogías de un deseo actual de retornar a lo clásico, lo material, lo creativo y lo “vintage”: formas de experiencia donde el cuerpo, el tiempo vivido y la presencia recuperan centralidad frente a la abstracción tecnológica.

Así, Cortázar no solo anticipa los malestares de la modernidad tardía, sino que propone, sin idealizarlas, fisuras posibles en el sistema. Sus personajes no encuentran salidas definitivas del laberinto, pero sí abren grietas por donde se filtra otra forma de estar en el mundo. En esa tensión entre encierro y fuga, entre sistema y experiencia, reside la vigencia de estos cuentos y su capacidad para dialogar críticamente con una época que, como la nuestra, sigue buscando desesperadamente salidas intersticiales.

Respuestas a5¿Por qué leer a Cortázar?

  1. Avatar de Alfredo Sanchez
    Alfredo Sanchez

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  2. Avatar de Virna Velázquez
    Virna Velázquez

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  3. Avatar de Karina
    Karina

    muy interesante punto de vista

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¿Quién es JOHNNY PARKER?

Inspirado en el protagonista de El perseguidor de Julio Cortázar y en el eco eterno del saxofón de Charlie Parker, Johnny Parker surge como un alter ego que explora el vínculo entre palabra y sonido. Su trabajo combina la sensibilidad literaria con la improvisación del jazz, la memoria de los vinilos y el pulso urbano de los años sesenta.

Como cronista contemporáneo, Johnny Parker escribe desde la frontera donde la literatura se escucha y la música se narra. Cada texto es una jam session entre géneros, influencias y emociones. Su voz se mueve entre la nostalgia del club de jazz y la lucidez del ensayo, entre la historia y el instante.

En su faceta de curador musical, Johnny Parker construye atmósferas sonoras para experiencias sensoriales: desde catas y exposiciones hasta colaboraciones con marcas que buscan un relato auditivo propio. Su curaduría entiende la música como un lenguaje que amplifica la percepción, transforma espacios y conecta emociones, convirtiendo cada evento en una narración viva.