Este 2025 ha sido sin duda un año espectacular para la música en muchos sentidos, pero particularmente nos regaló el regreso de figuras centrales del britpop —la reunión de Oasis con una gira global, el retorno de Pulp con su album More, y la gira compartida de Suede con Manic Street Preachers—. Este fenómeno no puede leerse únicamente como un ejercicio de nostalgia o una estrategia comercial bien calculada. Estos movimientos, separados entre sí pero simbólicamente convergentes, revelan la persistencia de un imaginario cultural que vuelve a interpelar al presente. Que estas bandas regresen en un contexto político, mediático y tecnológico radicalmente distinto al de los años noventa obliga a replantear qué fue realmente el britpop y por qué su sombra sigue siendo alargada. Hablar hoy de britpop implica, inevitablemente, hablar también de Cool Britannia, de aquel momento en que música, moda, medios y política confluyeron para fabricar una idea de lo británico como un estilo de vida, como un relato generacional y una promesa de renovación nacional. Volver sobre ese cruce no es solamente un gesto melancólico, sino un ejercicio crítico para entender cómo la cultura popular se articula con el poder, cómo se institucionaliza lo cool y qué queda de ello cuando el tiempo —y los regresos— ponen a prueba su legado.

El surgimiento del britpop a mediados de los años noventa no puede entenderse únicamente como un fenómeno musical. Fue también una reconfiguración simbólica de la identidad británica, y en ese proceso, el otrora Primer Ministro Tony Blair jugó un papel indirecto pero decisivo, especialmente en la manera en que el movimiento fue absorbido, legitimado y proyectado desde el poder político.
Tras casi dos décadas de gobiernos conservadores —de Margaret Thatcher a John Major—, el Reino Unido arrastraba una imagen de país gris, fragmentado y culturalmente agotado, encasillado en un sistema productivo incapaz de generar arte, critica y pensamiento más allá del establishment. El britpop aparece como una reacción consciente a ese estado de ánimo con letras centradas en la vida cotidiana inglesa, referencias explícitas a la clase trabajadora, a los barrios, al ocio urbano, al desencanto juvenil, pero también a un renovado orgullo de lo británico, despojado de nostalgia imperial. Blur, Oasis, Pulp o Suede no solo proponían canciones; proponían una narrativa nacional alternativa, más cercana, irónica y contemporánea.
En este contexto, Tony Blair, líder del New Labour, supo leer con agudeza el momento cultural. Su proyecto político buscaba romper con la imagen del laborismo tradicional —asociado al conflicto sindical y a una retórica del pasado— para presentarse como una izquierda moderna, joven, mediática y optimista. El britpop encajaba perfectamente en ese relato; no como programa político, sino como clima emocional, como banda sonora de una nueva promesa de país que pronto sería conocida como Cool Britannia.

A esta sintonía entre política y cultura popular conviene añadir un antecedente biográfico revelador, Tony Blair fue músico aficionado del rock en su juventud. Durante sus años como estudiante en Oxford, en la década de 1970, tocaba la guitarra y cantaba en una banda llamada Ugly Rumours, con la que interpretaba versiones de rock y soul estadounidense en bares y espacios universitarios. No fue una carrera musical ni un proyecto profesional, pero este dato no es trivial. Sugiere que Blair no observaba la música popular como un adorno externo, sino como una práctica cultural entendida desde dentro. Este contacto temprano con la música ayuda a explicar la naturalidad con la que, ya como primer ministro, se relacionó con músicos y artistas, y su capacidad para comprender el valor simbólico de la cultura pop como herramienta de identificación generacional.
El concepto de Cool Britannia fue mucho más que un eslogan asociado al britpop. Blair y su equipo de trabajo se encargaron de desarrollar una estrategia cultural amplia, consciente de sí misma, en la que música, moda, arte, diseño y medios de comunicación confluyeron para proyectar una imagen renovada del Reino Unido tanto hacia adentro como hacia el exterior. Más que un movimiento espontáneo, Cool Britannia fue una atmósfera, una narrativa compartida que articuló creatividad, juventud y modernidad como valores nacionales.
En el terreno de la moda, Cool Britannia encontró uno de sus vehículos más visibles. Diseñadores como Alexander McQueen, Vivienne Westwood y Stella McCartney redefinieron la moda británica al combinar irreverencia, tradición y provocación estética. McQueen, en particular, encarnó la tensión central del momento con una estética radical, a veces violenta, que sin embargo fue rápidamente absorbida por la industria global del lujo. La moda británica dejó de imitar tendencias externas y pasó a exportar estilo, reforzando la idea de Londres como capital creativa.

Este impulso estético se extendió al arte contemporáneo, especialmente a través de los Young British Artists (YBAs), con figuras como Damien Hirst, Tracey Emin o Sarah Lucas. Su trabajo, provocador y mediáticamente eficaz, fue inseparable de una nueva relación entre arte y espectáculo. El escándalo, la exposición y el titular formaban parte del mismo dispositivo cultural. El arte ya no se presentaba únicamente como espacio de reflexión, sino como evento, como noticia, como mercancía simbólica.
La cultura mediática fue, quizá, el verdadero motor de Cool Britannia. Revistas como The Face, i-D, Select o Loaded ayudaron a construir una estética visual coherente con fotografía urbana, tipografías audaces, cuerpos no normativos y una narrativa que exaltaba lo cotidiano como signo de autenticidad. La televisión y la prensa popular amplificaron el fenómeno, convirtiendo a músicos, diseñadores y artistas en figuras públicas, en marcas culturales fácilmente reconocibles.

También el cine y la publicidad participaron activamente en esta lógica. Películas como Trainspotting o The Full Monty ofrecieron versiones exportables de lo británico con historias protagonizadas por jóvenes, temáticas irónicas, e imágenes estilizadas, plenamente conscientes de su atractivo mediático. La publicidad adoptó lenguajes cercanos al videoclip y a la moda, borrando las fronteras entre cultura alternativa y mercado.
En este entramado, la política no fue un actor externo. El gobierno de Tony Blair supo capitalizar esta efervescencia cultural, presentándola como prueba de un país renovado, dinámico y competitivo. Cool Britannia funcionó así como una marca nacional, donde creatividad, modernización económica y optimismo mediático se reforzaban mutuamente. Sin embargo, esta institucionalización encerraba una paradoja, cuanto más oficial se volvía lo cool, más evidente resultaba su pérdida de radicalidad.
La famosa invitación a Noel Gallagher a Downing Street en 1997, poco después de la victoria electoral del New Labour, condensa esta lógica. El gesto fue profundamente simbólico; por primera vez, el poder político británico se mostraba abiertamente alineado con la cultura pop contemporánea. No se trataba solo de música, sino de una puesta en escena del relevo generacional y de la apropiación institucional de un imaginario cultural que había surgido fuera del poder.

Sin embargo, la relación entre el britpop —y, por extensión, Cool Britannia— y el poder fue siempre ambigua. Para muchas bandas y creadores, el acercamiento al gobierno resultó incómodo con el paso del tiempo. El britpop había nacido como una expresión desde abajo, ligada a experiencias ordinarias, a tensiones de clase y a una mirada crítica —aunque irónica— sobre la vida británica. Su instrumentalización política produjo una sensación de vacío cultural. Cuando el New Labour comenzó a mostrar su rostro más pragmático y su cercanía con lógicas neoliberales, la sintonía cultural se resquebrajó.
En retrospectiva, puede afirmarse que Tony Blair convirtió el britpop y la idea de Cool Britannia en emblemas de una época y en piezas centrales de un relato nacional renovado. Al hacerlo, también contribuyó a su rápido agotamiento. Una vez incorporados al discurso oficial, perdieron parte de su filo crítico y de su energía subversiva.
La relación entre Blair, el britpop y Cool Britannia revela, en última instancia, algo más profundo, el momento en que la cultura popular británica fue plenamente consciente de su poder simbólico, y el momento en que la política entendió que ya no podía prescindir de ella. Fue una alianza breve, eficaz y problemática, pero dejó una huella duradera en la forma en que hoy entendemos la relación entre identidad nacional, cultura mediática y poder en la Gran Bretaña contemporánea.
Me pregunto si en nuestros tiempos, con una cultura prioritariamente generada por inteligencia artificial, el regreso de estas bandas es una apuesta por el rescate de lo auténtico; es una expresión natural de rechazo al nuevo establishment tecnológico y una súplica a retomar el arte y la cultura desde la creación misma a partir de los fenómenos sociales vigentes.
Mientras tanto, disfrutemos un poco de nostalgia …

Dejar un comentario