
En la esquina del estudio, la máquina de escribir y la tornamesa parecían hablarse en secreto. La primera guardaba el brillo opaco de los metales antiguos; la segunda, la promesa circular del vinilo esperando su turno para girar. Había algo de parentesco entre ellas, una complicidad nacida del ritmo y del tiempo.
Cuando escribía, la máquina respondía a cada pensamiento con un golpe seco, una sílaba de acero que se quedaba vibrando en el aire. El sonido de las teclas era una forma de música: irregular, apasionada, torpe a veces, pero siempre humana. En esos golpes se reconocía el pulso del que crea, la respiración del que busca en las palabras una forma de permanencia.
La tornamesa, en cambio, hablaba en espirales. Hacía girar los recuerdos con una paciencia que la máquina nunca tuvo. Cada vuelta del disco era una caricia que venía de lejos, una voz que volvía del pasado para decir que nada se ha perdido del todo. Si la máquina escribía el tiempo, la tornamesa lo reproducía; una inventaba mundos, la otra los evocaba.

A veces, al caer la tarde, ambas se encendían al mismo tiempo: el tecleo acompañaba el suave crepitar de la aguja sobre el vinilo. Era entonces cuando el cuarto se llenaba de una armonía secreta, como si las palabras quisieran volverse música y la música, palabra. Entre las dos trazaban una historia sin fin, una historia hecha de ritmo, memoria y deseo.
Por las noches, cuando la luz apenas tocaba las teclas y los surcos, parecía que la máquina y la tornamesa se comunicaban en su propio idioma: un lenguaje hecho de chasquidos, de giros, de ecos. Era la lengua de quienes no temen al tiempo porque han aprendido a girar con él, a dejarse escribir, a dejarse sonar.

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