En la historia de la guitarra eléctrica hay árboles genealógicos invisibles, constelaciones de músicos que nunca se conocieron, pero que dialogan a través del tiempo como si se heredaran un idioma secreto, poseídos por el mojo. Entre esas constelaciones destaca un linaje de virtuosismo y sensibilidad formado por Jimi Hendrix, Stevie Ray Vaughan y John Mayer. Tres guitarristas separados por décadas, pero unidos por una misma forma de entender la música: como una experiencia que trasciende la técnica y que convierte el instrumento en un vehículo emocional absoluto.

Jimi Hendrix es el punto de origen, el big bang de una nueva estética guitarrística. Su virtuosismo no era solo una cuestión de velocidad o destreza, sino una relación casi física con el sonido, una exploración del feedback, de la distorsión, de lo que la guitarra podía llegar a ser si se la empujaba más allá de los límites convencionales. Canciones como “Voodoo Child (Slight Return)”“Little Wing” o su reinvención de “The Star-Spangled Banner” en Woodstock mostraron que Hendrix transformó la electricidad en expresión pura: convirtió los ruidos en lenguaje y la improvisación en un acto de revelación. Para generaciones posteriores, su obra demostró que la guitarra no debía imitar la voz humana: podía ser un cosmos propio.

Stevie Ray Vaughan tomó esa herencia y la filtró a través de la tradición profunda del blues texano. Su virtuosismo —fiero, preciso, devastador— añadía al legado de Hendrix una intensidad casi espiritual. Vaughan no tocaba notas: las arrancaba del instrumento con una mezcla de rabia, vulnerabilidad y control absoluto. Su técnica, basada en cuerdas gruesas, bending extremos y una pulsación poderosa, daba al blues una nueva vida, un filo moderno sin traicionar su raíz. La conexión más visible con Hendrix se encuentra en sus reinterpretaciones: “Little Wing” y “Voodoo Child (Slight Return)” en vivo, o su emotiva “Lenny”, inspirada directamente en la sensibilidad armónica hendrixiana. SRV convirtió esas versiones en algo más que homenajes: eran relecturas en las que Hendrix reverberaba a través de su estilo personal, demostrando cómo una obra puede renacer sin perder su esencia.
Si Hendrix abrió la puerta, SRV la cruzó con una fuerza que redefinió el género para la década de los 80. Su influencia perdura porque su estilo no solo era virtuosismo: era honestidad emocional llevada al límite.

John Mayer, por su parte, representa la maduración de ese linaje en el siglo XXI. Hijo musical de Hendrix y Vaughan —por adopción estética, no cronológica—, Mayer fusiona el virtuosismo bluesero con la sofisticación pop y la sensibilidad introspectiva de un cantautor. Sus interpretaciones de “Bold as Love” (que grabó para Continuum) o “Wait Until Tomorrow” en vivo, además de su versión de “Lenny” en ciertos conciertos, revelan un diálogo directo con sus predecesores. En piezas como “Gravity”“Slow Dancing in a Burning Room” o sus improvisaciones con el John Mayer Trio puede escucharse el fraseo ancho y lleno de alma de SRV, combinado con el manejo del espacio y el color armónico inspirado en Hendrix. Y sin embargo, Mayer no es un imitador: la influencia se convierte en lenguaje propio gracias a su control tonal, su economía expresiva y su habilidad para integrar emociones contemporáneas en un vocabulario heredado.

Un elemento adicional que fortalece esta idea de linaje es la estética —y la ética— del desgaste en sus instrumentos. Las guitarras de Stevie Ray Vaughan, como la mítica Number One, muestran un deterioro extremo producto de una relación física casi violenta con la música: cuerdas gruesas, pulsación feroz, sudor corrosivo y años de giras que literalmente arrancaron la pintura hasta dejar la madera desnuda. En John Mayer, el desgaste aparece tanto como huella real de uso —visible en su Black One— como en relicados intencionales que buscan recuperar la vibra táctil y emocional de sus predecesores. Esa apariencia erosionada no es capricho ni moda: simboliza un modo de tocar en el que la guitarra se convierte en un cuerpo vivo, marcado por la fricción del tiempo y la intensidad del oficio. Así, incluso visualmente, las guitarras de Hendrix, SRV y Mayer revelan una continuidad: la de un sonido que no se conserva intacto, sino que se pule, se raya y se desgasta para volverse más verdadero.

Para comprender plenamente la fuerza de este linaje, basta acudir a sus grabaciones en vivo, donde la electricidad no es solo sonido sino presencia. En Hendrix, los registros audiovisuales de Woodstock (1969) y Monterey Pop (1967) revelan su poder transformador: en ellos se ve cómo “Voodoo Child”“Hey Joe” o su incendiaria versión del himno estadounidense dejan de ser canciones y se convierten en actos rituales. De Stevie Ray Vaughan, el legendario “Live at the El Mocambo” (1983) es quizá la muestra más pura de su intensidad: sudor, furia, control técnico absoluto y una conexión visceral con la audiencia que solo un músico en trance puede sostener. En John Mayer, la energía contemporánea de “Where the Light Is” (2007) —con su triple faceta: acústica, trío y banda completa— exhibe cómo el linaje se actualiza: Mayer dialoga con Hendrix y SRV en piezas como “Gravity”“Slow Dancing in a Burning Room” o “Who Did You Think I Was”, mostrando un dominio escénico donde la herencia se vuelve creación. Estas grabaciones no solo documentan su virtuosismo: iluminan, de forma casi pedagógica, cómo se transmite una tradición musical sin necesidad de encuentros, maestros formales o genealogías explícitas.

Juntos, estos tres guitarristas delinean un linaje que no depende del contacto directo, sino de la resonancia. Hendrix reescribió el lenguaje; Stevie Ray Vaughan lo reencarnó con un fuego renovado; Mayer lo expandió hacia nuevas zonas, demostrando que el virtuosismo puede ser tan íntimo como explosivo. Sus trayectorias muestran que la música no necesita continuidad biográfica para generar tradición: basta con que un sonido despierte otro. Por eso, cuando SRV interpretaba “Little Wing”, era como si conversara con Hendrix; y cuando Mayer toca un solo en “Gravity”, es posible escuchar ecos de ambos, transformados en una voz moderna.
Así, sus guitarras —separadas en el tiempo, pero unidas en un mismo impulso creador— forman una genealogía de electricidad, emoción y libertad.

A este linaje también lo atraviesa un paralelismo estructural: los tres encontraron en el formato de power trío un territorio ideal para desplegar su virtuosismo sin límites. Hendrix, con The Jimi Hendrix Experience, redefinió el papel del guitarrista al asumir simultáneamente la responsabilidad rítmica y la explosión solista, sosteniendo la armonía mientras incendiaba cada compás. Stevie Ray Vaughan heredó ese modelo con Double Trouble, llevando la idea del trío a una potencia descomunal donde la guitarra, casi orquestal, llenaba todos los espacios que una segunda guitarra o teclado ocuparían en otras bandas. John Mayer, en su John Mayer Trio, retoma esa tradición con una mezcla de precisión bluesera y sensibilidad contemporánea, alternando con naturalidad entre el groove rítmico y los fraseos melódicos que surgen espontáneos en el solo. En los tres casos, el guitarrista es también cantante y figura central, un frontman que sostiene el peso emocional y musical del conjunto, como si el blues exigiera que la voz y la guitarra provinieran de la misma fuente espiritual – el mojo.

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¿Quién es JOHNNY PARKER?

Inspirado en el protagonista de El perseguidor de Julio Cortázar y en el eco eterno del saxofón de Charlie Parker, Johnny Parker surge como un alter ego que explora el vínculo entre palabra y sonido. Su trabajo combina la sensibilidad literaria con la improvisación del jazz, la memoria de los vinilos y el pulso urbano de los años sesenta.

Como cronista contemporáneo, Johnny Parker escribe desde la frontera donde la literatura se escucha y la música se narra. Cada texto es una jam session entre géneros, influencias y emociones. Su voz se mueve entre la nostalgia del club de jazz y la lucidez del ensayo, entre la historia y el instante.

En su faceta de curador musical, Johnny Parker construye atmósferas sonoras para experiencias sensoriales: desde catas y exposiciones hasta colaboraciones con marcas que buscan un relato auditivo propio. Su curaduría entiende la música como un lenguaje que amplifica la percepción, transforma espacios y conecta emociones, convirtiendo cada evento en una narración viva.