Cuando Amores perros llegó a las pantallas en el año 2000 no solo inauguró la carrera como director de Alejandro González Iñárritu, sino que abrió una herida que el cine mexicano llevaba tiempo evitando: la fractura social, afectiva y existencial de un país entrando al nuevo milenio. La película se articula a partir de un accidente automovilístico que funciona como detonador narrativo y simbólico, pero en realidad su estructura fragmentada expone un conjunto de vidas que difícilmente podrían encontrarse de otra forma.

Desde una perspectiva estrictamente técnica, Amores perros se posiciona como un parteaguas no solamente del cine mexicano. La fotografía de Rodrigo Prieto —granoso, contrastante, cercana— dota a la película de una visualidad que abandona la estética limpia y pulida dominante en la época. Se privilegia la cámara en mano, la luz natural o de apariencia natural, los colores poco saturados y los encuadres donde los cuerpos están siempre parcialmente en conflicto con el espacio.

Narrativamente, Guillermo Arriaga construye una estructura tripartita, donde tres historias que parecen autónomas terminan conectadas. Tenemos a Octavio y Susana, una historia de amor rabioso y marginal; a Daniel y Valeria, una historia atravesada por la belleza, la fama y la vulnerabilidad; y la del Chivo y Maru, una historia de un hombre que renunció a sí mismo.

La edición de Henk Van Eeghen se convierte en puente conceptual: cortes secos, superposición de tiempos, reconstrucciones temporales. Cada sección no se superpone linealmente, sino que reverbera sobre las otras. La narrativa se fragmenta, pero no se rompe: funciona como mosaico.

Musicalmente, Gustavo Santaolalla propone un diseño sonoro donde la música no sentencia, sino acompaña. Ritmos urbanos, atmósferas de rock alternativo y silencios estratégicos convierten a la música en variable emocional más que ambiental.

El título Amores perros opera de manera ambigua: son amores que lastiman, amores animales, o de los amores que sobreviven por instinto. El perro no es solo mascota: es espejo.

En la primera historia, Cofi simboliza la fidelidad absoluta, pero también la violencia como motor de supervivencia. Su carrera como perro de pelea representa la forma en que Octavio se lanza a pelear por una vida mejor, aun sabiendo que es imposible. En la segunda historia, Richie —el perro de Valeria— se convierte en metáfora de la pérdida. El perro atrapado bajo el piso simboliza el hundimiento de una identidad pública: la modelo va desapareciendo físicamente de la escena al mismo tiempo que su perro se oculta. En la tercera historia, los perros del Chivo no son compañía: son sustitución. Son los afectos que reemplazan el vínculo roto con la hija. La jauría representa un amor que ya no sabe dirigirse hacia personas. En ese sentido, los perros articulan una ética emocional: cuando no se puede amar a los otros, se ama lo que no reclama nada.

La cinta se inserta en un momento emblemático para México, fin del régimen priista, una terrible crisis económica heredada, una transición política que prometía cambios, que nos ilusionaba con ideologías masivas, que nos prometía la libertad de expresión, que nos hundía en la emergencia de nuevos imaginarios urbanos; en fin, el surgimiento de una cultura aspiracional ligada al consumo y la fama

Los contrastes resultan evidentes, Octavio vive en un entorno de precariedad donde el amor no se elige, sino se sobrevive; Valeria, en cambio, simboliza una clase media alta aspiracional que vive del espectáculo y la apariencia. El Chivo representa la resaca moral de los movimientos guerrilleros setenteros, de una supervivencia de las ideologías comunistas. Su presencia revela que la utopía no solo fracasó sino que dejó huérfanos afectivos y políticos.

No hay reconciliación posible. La película no propone solución, solo exhibe la colisión. Culturalmente, la cinta es retrato de el ascenso del narco como financiamiento de aspiraciones inmediatas, de la violencia como moneda cotidiana, de la precarización laboral, del sueño colectivo de la movilidad social teniendo de fondo a la ciudad como un animal devorador. Pero también muestra algo más íntimo, la persistencia del amor como impulso irracional incluso cuando ya no queda nada que ofrecer.

Más que película, Amores Perros funciona como archivo emocional de México. Representa un giro narrativo donde se reconoce que el cine ya no podía seguir contando historias lineales y conciliatorias. Su crudeza visual, su desmontaje del melodrama tradicional y su tratamiento fragmentado del tiempo anticiparon una sensibilidad que luego marcaría el cine latinoamericano con elementos como el realismo social estilizado o la fragmentación narrativa; con personajes cuyas decisiones son actos de supervivencia y como exploración del fracaso como identidad generacional.

Amores perros no se limita a mostrar vidas entrecruzadas: las hiere para que la herida sea visible. Nos recuerda que el amor puede ser rabioso, injusto, desproporcionado, y que aun así constituye el motor último que nos salva o nos destruye. Por eso, veinte años después, la película no envejece: se vuelve espejo. Cada espectador encuentra un perro distinto dentro de sí, y a veces —sin querer— lo alimenta.

Para cerrar, habría que volver a esa frase final —“ya cállate, pinche negro”— que funciona como latigazo verbal dentro de la película. Dirigida al perro, sí, pero resonando como un mandato social hacia todo aquello que incomoda o desordena.

Hoy, sin embargo, habría que decirle al “negro” lo contrario, que nunca se calle. Porque si “el negro” fue también nombre, mote o metáfora asociada a Iñárritu, su cine ha demostrado que la incomodidad es necesaria y que la herida debe contarse. El cine que inauguró con Amores perros abrió puertas que ya no se pueden cerrar. Su voz —filmada, expandida, discutida— ya no puede silenciarse. Lo que entonces se quería callar, ahora es legado. Y en el eco de esa frase, lo que queda no es el insulto, sino la certeza de que hay miradas que, por fortuna, aprendieron a no callar nunca.

Ya nadie los va a callar. Gracias por hacer de sus voces un legado tan importante.

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¿Quién es JOHNNY PARKER?

Inspirado en el protagonista de El perseguidor de Julio Cortázar y en el eco eterno del saxofón de Charlie Parker, Johnny Parker surge como un alter ego que explora el vínculo entre palabra y sonido. Su trabajo combina la sensibilidad literaria con la improvisación del jazz, la memoria de los vinilos y el pulso urbano de los años sesenta.

Como cronista contemporáneo, Johnny Parker escribe desde la frontera donde la literatura se escucha y la música se narra. Cada texto es una jam session entre géneros, influencias y emociones. Su voz se mueve entre la nostalgia del club de jazz y la lucidez del ensayo, entre la historia y el instante.

En su faceta de curador musical, Johnny Parker construye atmósferas sonoras para experiencias sensoriales: desde catas y exposiciones hasta colaboraciones con marcas que buscan un relato auditivo propio. Su curaduría entiende la música como un lenguaje que amplifica la percepción, transforma espacios y conecta emociones, convirtiendo cada evento en una narración viva.